Pasando por Capilla: Soluciones que nadie quiere oír


En 1940 se estimaba que Nigeria, un país que no llega a duplicar en extensión a España tenía, aproximadamente, 20 millones de habitantes. Es difícil establecer el número de ciudadanos que hay hoy día por la ausencia de censos fiables, pero se cree que la cantidad es de unos 170 millones, constituyendo el 7º país del mundo por población. Este incremento tan acelerado en tan pocos años no tiene visos de detenerse, y existen predicciones que aseguran que de mantenerse la tendencia en una fecha no tan alejada como 2050 podrían alcanzar los 400 millones de habitantes. La proyección no acaba aquí, porque si esta se amplía en el tiempo en 2100 su población será de 730 millones, convirtiéndolo en el 3 país más poblado del mundo por delante de todo el conjunto de Europa o Estados Unidos.




Por otro lado, los informes de Transparencia Internacional y otros organismos señalan que en conjunto África es el continente peor clasificado en cuanto a transparencia y seguridad jurídica. Si bien hay excepciones como Botsuana y Seychelles, la mayoría de países presentan problemas endémicos de corrupción, ya no tan sólo a nivel político, y pese a las recomendaciones y pautas establecidas por organismos internacionales dirigidos a reforzar el estado de derecho y la lucha contra las malas prácticas, no se han logrado avances significativos.

Uno de los grandes cambios (a peor) que hemos experimentado en nuestra clase dirigente es pasar de tener estadistas, que pensaban en las próximas generaciones, a simples y mediocres políticos, que se limitan a pensar en las próximas elecciones. Y es por ello que la mayoría de medidas y soluciones que se proponen y aplican, incluso para problemas tan complejos como es el de la crisis migratoria en el que ya llevamos incursos una generación, son simples parches, medidas a corto plazo que no permiten ahondar y tratar el problema en su raíz.

Desde hace años la política migratoria se ha limitado a medidas como establecer sistemas de cuotas de reparto entre los países o programas de ayuda al desarrollo. Auténticos parches y caridad mal entendida que, a los hechos me remito, no han ayudado ni siquiera a mitigar este problema. Si queremos que las actuales avalanchas de inmigrantes que cruzan el Mediterráneo no parezcan en unos años una broma a la envejecida Europa, al tiempo que logramos mejorar el bienestar de los ciudadanos de esos países, cabrá aplicar medidas que ni siquiera se han puesto sobre la mesa, como medidas de control de la natalidad en esos países o la obligación de contar con determinados estándares de trasparencia de cara a establecer relaciones diplomáticas y comerciales. Los principales beneficiados no serán los países occidentales, sino las propias naciones emisoras que verán como sus ciudadanos no deben de viajar al exterior en aras de buscar una mejor calidad de vida.

Quizás estas sean medidas inconcebibles hoy día, que algunos podrán calificar incluso de disparatadas. Nadie considera que sean fáciles de implantar, pero es de locos seguir probando lo que hasta ahora se ha hecho a la espera de lograr resultados distintos.

Autor: Antonio Capilla Vega

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Publicado en Opinión.
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