Pasando por Capilla: Sobre el realojo de Son Banya y el buenismo


Cuando era un niño en preescolar, recuerdo que mi madre me llevaba a jugar a la plaza Josep María Llompart en el Rafal. Por entonces ni siquiera estaba pavimentada; era un simple descampado, con un tobogán y un columpio destartalados donde los más mayores jugaban al fútbol haciendo de dos camisetas en el suelo las porterías.




Mi madre, como las otras, tenía la rutina de comprobar el espacio donde me movía antes y durante el tiempo que jugaba. Y no lo hacía por el miedo a que tropezara con una piedra o me cortara con algún saliente de ese tobogán donde me deslizaba. Eso eran minucias en comparación con lo que podría suponer el pinchazo con una jeringuilla que los heroinómanos dejaban en cualquier parte y cuyo riesgo no podíamos comprender a esa edad.

Mal que bien, la heroína y otras drogas fueron reduciendo su presencia en las calles, bien por el trabajo de todas esas madres y padres que estuvieron detrás de sus hijos para advertirles de las consecuencias, del papel de las instituciones por limitar su venta y distribución así como por el cambio de percepción en la sociedad, a la que le costó muchos años entender el dolor y la ruina económica que tiene el jugar con algo así.

Así que estos episodios de mi infancia me hacen ver con mucho recelo el plan de relocalización de los habitantes de Son Banya. Comprendo, por un lado, que estos vecinos merecen rehacer su vida y salir de esas condiciones de miseria en la que viven. Pero veo esto con realismo, y suponiendo el alcance que esta maniobra de Cort y el Ayuntamiento tendrá en Palma en general y los barrios más humildes en particular.

Hoy por hoy la venta y distribución de droga se concentra en esta barriada chabolista, donde según datos de la Policía, cada día acuden más de 800 personas y se realizan transacciones por un valor de 80.000 euros diarios. Para casi tres generaciones de personas este es, reconozcámoslo, el único modo de vida que conocen, una actividad que también es tan lucrativa que no tiene parangón con cualquier otra que puedan desarrollar. Reubicar a todos esos vecinos antes de finales de 2020, tal y como se ha mencionado por miembros del Gobierno actual es, a todas luces, un total disparate. Y lo es porque simplemente esta gente no dejará de dedicarse a esta actividad en un espacio tan corto de tiempo. Mi sensación es que en esta decisión, como en tantas otras tomadas por fuerzas de la izquierda, impera un buenismo simplón que no ha calculado las consecuencias. Las chabolas y demás infraestructuras podrán desmontarse en unos meses. Pero aquello que es necesario cambiar es un sistema de valores, y para eso es imposible poner plazos.

Ojalá me equivoque, pero la ejecución de un plan de realojo súbito y desordenado no hará más que transformar ese macromercado actual en franquicias del clan de la Paca repartidas por toda la ciudad. Y donde, como ocurre con otros fenómenos, acabarán siendo las barriadas más humildes, la del Rafal, Corea, Son Forteza y demás las que acaban llevándose la peor parte. Sólo espero que mi predicción, que aquí queda escrita, sea al final una dramatización, porque no me veo con fuerza para supervisar que no haya jeringuillas en el parque donde juegan mis sobrinos.

Autor: Antonio Capilla Vega

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Publicado en Opinión.
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