Pasando por Capilla: Gabriel Rufián, la encarnación del ridículo


Rufián no es un personaje que despierte simpatías en general. Hasta la fecha, y entre los constitucionalistas, no se podía hablar de un sentimiento de apego a él. Tras el último incidente, en el cual ha sido abucheado en un foro independentista por mostrar su deseo de lograr la adhesión de los “charnegos”, como en Cataluña se les denomina, al prusés, ya queda claro que es capaz de suscitar ese sentimiento mezcla de odio y aversión incluso entre los que debería de considerar “los suyos”.




La llegada de Rufián a la política no es más que el producto del puro azar, una concatenación de circunstancias que en alguna ocasión pueden darse. ERC buscaba por entonces un representante de lo que se da en llamar “el cinturón industrial”, alguien con el que hacer ver que el nacionalismo no se circunscribe a personas con 8 apellidos catalanes y monolingües. Y Rufián vio en la política un lucrativo negocio, con un salario mucho más elevado del que alguien con su formación, intelecto y capacidad podría lograr jamás en la empresa privada.

Rufián es un síntoma de nuestros tiempos, donde la celeridad y las prisas impiden a uno profundizar en los contenidos y la información se mueve a golpe de titular y de twitter. Ya sea levantando una impresora, profiriendo frases cinematográficas en el Congreso o repartiendo títulos de catalanidad en las redes sociales, ha sabido explotar el refrán de “que hablen de mí, aunque sea mal”.

Rufián es también un producto del modelo de inmersión lingüística y del adoctrinamiento en la educación. El resultado de un sistema en deterioro, donde se crean analfabetos funcionales, en el que prima el egoísmo cateto y provinciano, en el cual a uno se le quiere negar y hacer negar cualquier vínculo más allá del límite con Aragón, aunque, como ocurre en su caso, sus padres y abuelos procedan de Jaén y Granada.

Y Rufián es también símbolo de lo que ha sido la política en estos últimos años. Porque el nacimiento y desarrollo de un personaje tan vil no es más que el fruto de los acuerdos chanchulleros de Aznar, que cedió todo lo cedible al clan Pujol por llegar al poder, de la simpleza de Zapatero, que confundía el término “consenso” con el de “sumisión”, y de la desidia de Rajoy, que optó por no hacer política en un contexto donde se precisaba usar todos los mecanismos a disposición para frenar la deriva golpista.
Rufián, a la postre, es un reflejo de la anormalidad institucionalizada que se vive en Cataluña, donde los ciudadanos han quedado a merced del radicalismo de una clase política incapaz de pensar en otra cosa. Ojalá esa pitada a Rufián pudiera ser tomada como un gesto, indicando que hasta aquellos que iniciaron este detestable proceso empiezan a sentirse cansados de aquellos personajes que hoy por hoy siguen impulsándolo.

Autor: Antonio Capilla Vega

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Publicado en Opinión.
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