Pasando por Capilla: Democracia vs demagogia

Según el pensador Aristóteles, una democracia es un sistema político en el cual la titularidad del poder corresponde al conjunto de la ciudadanía, y donde las decisiones que les afectan son tomadas por estos ya sea de forma directa a través de diversos mecanismos, ya sea de forma indirecta por medio de representantes. La democracia basa su funcionamiento en unas normas preestablecidas, sobre las cuales no hay nadie.




Por el contrario, una forma de democracias corrompida es la “demagogia”, término que está compuesto de dos vocablos; la palabra δῆμος -dēmos, que significa pueblo, y ἄγω -ago-, que significa dirigir. Aunque últimamente los medios de comunicación hacen un uso recurrente de este, es tan antiguo como la propia ciencia política, y ya el citado Aristóteles la definía como un gobierno basado en emociones, prejuicios y miedos para granjear el apoyo popular, frecuentemente con el uso de la propaganda y la retórica.

El término luego fue ampliándose, volviéndose más complejo, y a lo largo de siglos la ciencia política ha establecido que precisa del uso de funcionarios y empleados públicos, que suele basarse en el uso de unas frases o eslóganes repetitivos y poco razonados, y más recientemente que se sustenta en argumentos que pueden ser incluso referencias raciales.

Tan sólo unas sesiones del juicio por el 1-O han bastado para ver que aquí se produce la colisión entre dos formas de entender la política. Porque si por un lado encontramos a unas instituciones que operan en defensa de la democracia y del orden constitucional, frente a ellas tenemos a un grupo de dirigentes que dicen actuar en nombre del “pueblo de Cataluña”, presentándose a sí mismos como únicos portavoces del mismo por delante de cualquier estructura. Porque si los magistrados y portavoces de la acusación popular recalcan algo de sentido común como que “nadie está por encima de la ley”, los golpistas creen que su voluntad es la verdadera referencia de su pauta de actuación.

Porque si cargos, simpatizantes y demás personas de ERC, la CUP o los herederos de CIU se encargan de juzgar a las personas que no comulgan con su pensamiento, acusándoles de fascistas, provocadores o malos catalanes, en un estado de derecho se juzga a Junqueras o Jordi Sànchez por sus hechos, por acciones que supusieron una vulneración de las estructuras básicas del estado y que pusieron en riesgo la integridad física de tantas personas. Porque si algunos creen que la soberanía es divisible, y puede limitarse a una reducida parte del electorado en base a criterios puramente ideológicos o territoriales, otros establecen que corresponde a la totalidad de la ciudadanía.

Así que el juicio por el 1-O no es, tal y como algunos sectores quieren presentar, una lucha entre Cataluña y el resto de España, o de una parte de Cataluña contra la otra. Tampoco es una confrontación entre progresismo y conservadurismo. O entre el pueblo y lo que se da en llamar establisment. Es un juicio de una democracia a una intentona golpista acarreada por demagogos. Algo tan antiguo como la política en sí, y que, a largo plazo, sólo puede vencer España por ser una auténtica democracia.

Autor: Antonio Capilla Vega

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Publicado en Opinión.
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