Pasando por Capilla: Turismofobia

Autor: Antonio Capilla Vega

La última tendencia dentro de la izquierda populista, a la que no ha tardado en adherirse ese socialismo tradicional inmerso en una crisis de identidad global que ya dura años, es el bautizado con el neologismo de “turismofobia”. Algo que no sorprende a aquellos con un poco de memoria y biblioteca; si hay algo en lo que especialmente destaquen dichas fuerzas es el de acabar, antes o después, por criticar cualquier actividad económica del ámbito privado, ya sea la agricultura o la industria, pasando por actividades extractivas o de carácter financiero, sin ofrecer otra alternativa de creación de empleo que la de multiplicar exponencialmente el número de designados a dedo que vivirán a costa del erario público.

El término aún suena extraño para la mayoría, pero a la vista de los últimos acontecimientos se puede decir que la turistofobia es un fenómeno en ciernes. En España, el dudoso honor de comenzar con esta nueva moda snobcorresponde a Ada Colau, la alcaldesa podemita que ha decidido limitar el número de turistas a base de congelar las licencias para hoteles, impidiendo la apertura de nuevos establecimientos y condenando a la degradación los existentes, así como imponer multas a empresas de alquiler turístico como Airbnb o Homeaway, sometidas al escrutinio de unos inspectores designados ad hoc.

Parafraseando a Churchill, en un fenómeno al que ya estamos habituados, nuestros dirigentes políticos se han esforzado en encontrar un problema que afecta a un grupo muy reducido de personas, pero muy movilizados y con una gran capacidad de hacerse ver, y aplicar soluciones erróneas que ni han ayudado ni ayudarán a combatir esta situación.

Nadie niega algunos efectos colaterales de la masificación turística. En temporada alta esta puede poner al límite a determinados servicios públicos, en especial el transporte y la gestión de residuos. Ciertas zonas, como punta ballena en Magaluf, se han convertido en burbujas a las que rara vez acudirán los locales. Y por supuesto, hay que lamentar hechos desagradables que se dan cada año, desde peleas multitudinarias a muertes por ingesta de drogas o “balconing”.

Ahora bien, siendo justos con este asunto, deberíamos hacer un pequeño esfuerzo en destacar los efectos positivos del mismo. Centrándonos en Baleares, el turismo ha conseguido que en medio siglo nuestra comunidad haya pasado de ser una de las zonas más pobres de Europa y con mayor tasa de emigración a convertirse en una de las regiones con mayor PIB. El turismo también ha demostrado ser una industria muy resiliente, y mientras otras regiones ya no tan sólo en España, sino en toda Europa, han languidecido por años con desindustrializaciones, crisis financieras o explosiones de burbujas inmobiliarias, Baleares ha conseguido crear un colchón que le ha evitado estar sujeta a grandes fluctuaciones. Y en términos urbanos, el turismo ha permitido la remodelación de zonas hasta hace poco consideradas conflictivas.

Esta nueva moda de xenofobia de bajo perfil que encarna la turistofobia no traerá, con seguridad, ningún efecto positivo. El turismo en sí es una excelente industria en la que gozamos de una dilatada experiencia y un reconocido prestigio. Es la administración que se hace del mismo lo que determinará el impacto que éste puede traer. El problema en estos momentos es que quienes lo están gestionando o bien carecen de la capacidad de hacerlo, por no contar en la mayoría de casos de alguna experiencia laboral fuera del ámbito público o incluso de su propia formación política, o bien por que actúan de forma hipócrita, como aquel Jarabo que mientras fustigaba el alquiler turístico de cara a la galería obtenía ingresos de dicha actividad limitándose a “informar a Hacienda”, signifique eso lo que signifique.

Aprovechemos esta inusitada buena temporada que se nos avecina como un ingreso extra y evitemos magnificar los inconvenientes generados, que sin duda, se ven sobrepasados por las ventajas. Nuestro bienestar, y muchos puestos de trabajo, dependen del mismo. Y esperemos que la gestión pública del mismo vaya más encaminada a gestionar su impacto que a limitarse a demonizarlo. La actitud de los poderes públicos puede amplificar las consecuencias negativas o disminuirlas; en estos últimos años en los que el número de turistas ha batido récords, hemos comprobado que puede ser que una no gestión aseguré un “mal turismo”, pero hasta la fecha hemos visto que la gestión pública del mismo tampoco garantiza un “buen turismo”

Publicado en Opinión.
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