Pasando por Capilla: Las contradicciones de Puigdemont

Uno de los muchos defectos que tiene el nacionalismo es su infinita capacidad de invención y falta de coherencia. Tal y como hemos podido ver en la espiral secesionista de los últimos meses, distintas voces se han empeñado en vender el potencial económico de una Cataluña independiente, cuando la simple tentativa de llevarla a cabo ha supuesto la fuga de centenares de empresas, o como cargos “cupaires” presumían de demócratas y plurales cuando han procedido a realizar escraches, insultar y silenciar a todos los que disentían de su pensamiento único. Pero entre todos ellos, el que quizás se lleva la palma es el ya cesado presidente Puigdemont.




De entrada, cabría recordar que la inexistente República de Cataluña, que obviamente quiere dar lecciones de democracia al resto del mundo, está dirigida por Carles Puigdemont, una persona que en ningún momento fue votado por ni uno sólo de los 7 millones y medio de catalanes, ya que se ganó su puesto a dedo, reemplazando al corrupto de Artur Mas. Para seguir, Puigdemont se ha auto otorgado la representatividad del “pueblo de Cataluña”, como si gozara del apoyo del conjunto de ciudadanos de esa comunidad autónoma, cuando en realidad ni siquiera en coalición con los partidos que han sostenido su gobierno sumaba la mayoría de votos.

Y como olvidar la proclamación de independencia, que realizó basándose en los resultados del referéndum del 1 de octubre, un acto que el mismo presidente ha matizado en otras intervenciones hasta el punto de otorgarle un carácter poco más que simbólico y poco representativo.

Una vez ya en el exilio, Puigdemont ha alegado a la politización de la justica en España, un estado cuya democracia ningún país pone en entredicho, y alude casi a una situación de persecución a su persona, pero rechaza de forma inmediata la solicitud de asilo político puesto que reconoce que puede moverse libremente por cualquier país de Europa, incluyendo por supuesto España. Casi al mismo tiempo anuncia la necesidad de ser amparado por la ley, una legalidad que no ha tenido problema en ignorar cuando esta no se ha adaptado a sus intereses.

Seguidamente proclama que las elecciones convocadas para diciembre son ilegítimas, paradójicamente unas elecciones a las que podrán concurrir no tan sólo su propio partido, sino otros socios de gobierno y desmanes como ERC y la CUP. Y reclama a la Unión Europea y todo tipo de organismos internacionales que interceden en esta situación, cuando había sido reiteradamente advertido por estas mismas instituciones de las irregularidades cometidas y las graves responsabilidades en que podía incurrir.

Lamentablemente, la actitud del personaje invita a pensar que esta lista no exhaustiva de contradicciones no ha acabado aquí. Con un personaje así no corren buenos tiempos para el sentido común, aunque más de un amigo que adora las memés me ha reconocido estar agradecido a Puigdemont por las risas que este le provoca.

Autor: Antonio Capilla Vega, Secretario de Comunicación de Ciudadanos en Mallorca.

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Publicado en Opinión.
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