Pasando por Capilla: De esteladas y ex culés

Autor: Antonio Capilla Vega

En la genial película argentina “El secreto de sus ojos”, hay un momento en el que Sandoval, uno de los secretarios judiciales, menciona a su compañero Espósito que aquél delincuente que persiguen “puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión o de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar; no puede cambiar de pasión”. Todos aquellos que la han visto recordarán que consiguen detenerlo tras irlo a buscar al campo del Club Atlético Huracán.

Entre mis amigos, familiares y conocidos hay gente de todo tipo de ideología política o extracto social. La edad y ciertos acontecimientos han provocado que a lo largo de su vida muchos hayan variado el sentido de su voto, de residencia o de trabajo, algo que la sociedad asume con total normalidad. Pero el fútbol se vive de forma diferente, con una fidelidad casi ciega. Ni una abultada derrota, ni la pérdida de una final, ni tan siquiera el descenso a segunda división han logrado que mis amigos madridistas dejen de ser merengues, que los mallorquinistas ya no acudan al estadio o que los irreductibles atléticos, como yo mismo, dejen de presumir de equipo. Y cuidado con hacerlo, porque el cambio de equipo es algo difícil de asumir. Sin embargo, en los últimos años vengo notando un goteo de tránsfugas que abandonan al Barça; lo que los traspiés con el balón no han conseguido, si lo está logrando la mezcla de política con deporte, una combinación explosiva de la que nunca se saca nada bueno.

Quizás hasta hace poco no sabíamos que el famoso lema de “més que un club” no era sino un preludio de lo que el separatismo pretendía hacer de esta escuadra, sacándolo de la esfera puramente deportiva, que jamás debería haber abandonado, para utilizarlo como herramienta de proselitismo secesionista. Al igual que con la familia Pujol, el nacionalismo ha interpretado cualquier acción frente al Barcelona como una afrenta a toda su ideología; ahí valen como ejemplos el juicio a Messi por fraude fiscal, o algún que otro arbitraje polémico que Piqué se encargó de magnificar a través de las redes sociales, transformadas por el rodillo nacionalista en ofensas a todo un pueblo, conspiraciones que no buscan más que herir al secesionismo, en opinión de los más radicales.

La deriva que ha tomado el club en los últimos años es peligrosa y puede conducirle al aislamiento. Pese a que el grueso de sus aficionados se concentre en Cataluña, fuera de esta comunidad y repartidas por todo el territorio nacional cuenta con multitud de peñas y seguidores que ven con espanto la suscripción del club al “Pacte pel Referèndum”, el mar de esteladas que adornan las gradas en cada partido o los pitos al himno nacional que se han venido dando en las últimas finales de la Copa del Rey. Así mismo, cuesta creer que todos los aficionados de ese club comulguen con el ideario nacionalista, con lo que dentro de la misma comunidad se ha dejado de lado tanto a aquellos que no apoyen el proceso secesionista como a esos otros que haciéndolo de forma más o menos matizada no creen que esta deba ser expresada a través de eventos deportivos.

Desde la directiva del club se ha llevado una confusión intencionada de los sentimientos del barcelonismo con los del independentismo más radical. Y con esta actitud, mezcla de cobardía y resignación cómoda, se ha dado amparo a que cada partido se convierta en un aquelarre nacionalista donde dar rienda suelta a su opinión, que es la única que consideran cierta y auténtica, al mismo tiempo que se insulta la de otros en forma de pitos, gritos y cánticos con letras ofensivas.

El F. C. Barcelona, en su condición de club global, podía haber optado por tener un carácter más integrador, una institución capaz de acoger a gente de diferentes sensibilidades pero que se limita al ámbito deportivo. Ha optado por lo contrario, y esta actitud miope está consiguiendo tanto restarle aficionados a lo largo y ancho del país como aumentar la antipatía al mismo. Con cada nueva estelada que se reparte a las afueras del estadio y que es exhibida en un partido, surge un nuevo ex culé. Pensándolo bien, yo no me veo legitimado para llamar chaqueteros a aquellos amigos míos que han abandonado a este Barça; más bien, siento simpatía hacia ellos, porque creo que es el Barcelona el que les ha abandonado a ellos.

Publicado en Opinión.
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