Pasando por Capilla: ¿Qué modelo turístico quieren?

Autor: Antonio Capilla Vega

Los ataques, por el momento simbólicos, que organizaciones como Arran, la agrupación Endavant y otras instituciones afines que de forma expresa o tácita les han brindado apoyo ya sea a través de declaraciones de respaldo o silencios huidizos, han puesto sobre la mesa, de nuevo, el modelo turístico que se busca en Baleares.

Y por increíble que parezca, algunos parecen querer contar con el consenso de dichas fuerzas en la búsqueda de un estándar satisfactorio para todos. Lo cual no es más que un disparate de proporciones bíblicas. Vayamos por partes. En primer lugar, hablar de un único modelo turístico en el conjunto de Baleares es un simplismo propio de personas que no sólo no han trabajado en su vida en dicho sector, sino que con seguridad tampoco lo habrán hecho en el ámbito de la empresa privada, y que para más inri pecan de un absoluto desconocimiento de la realidad de nuestras islas. Cierto es que el modelo de sol y playa es el más popular, y también es que este es el que mayor volumen de puestos de trabajo e ingresos genera, pero no el único.

Ese formato no es necesariamente malo, y tan sólo se solapa en una pequeña parte con eso que se da en llamar “turismo de borrachera”, que sería fácilmente aplacable si se contara con un incremento de los cuerpos y fuerzas de seguridad y una mayor cooperación con hoteleros. Y tampoco es la modalidad de turismo que buscan aquellos jubilados alemanes que quieren disfrutar de los campos de golf y las visitas culturales a Valldemossa y Deià, los ciclistas británicos que desean recorrer la isla por sus carreteras secundarias y paran a hacer un pa amb oli en Es Cruce de Vilafranca o en S’Hostal de Montuiri, los excursionistas que quieren circunvalar Menorca recorriendo Es Camí de Cavalls o las familias que buscan desconectar del mundo en hoteles rurales de cualquier pueblo del interior.

Ese modelo alternativo, que va logrando asentarse, crecer y captar a turistas alternativos que ayudan a desestacionalizar la temporada turística, se va desarrollando más por la iniciativa y la valentía de emprendedores privados que por las campañas de promoción dirigidas desde entidades públicas que no conocen a quién y cómo deben dirigirse. En segundo lugar, tenemos que clarificar qué es lo que queremos y qué esfuerzos estamos dispuestos a realizar. Provoca cierto hastió oír a ciertos dirigentes políticos hablar de “cambiar a otro modelo de turismo”, queriendo con ello captar a clientes de alto standing dispuestos a desembolsar grandes sumas de dinero. Pero de nuevo queda en evidencia la ignorancia de algunos de nuestros gobernantes.

Sin duda, nuestro archipiélago esconde rincones inigualables, pero deberíamos actuar con pragmatismo. Más allá de los encantos naturales de nuestras islas, los clientes que soñamos con captar en mayor proporción son personas que se alojan en establecimientos de cinco estrellas, gastan ingentes cantidades de dinero en centros comerciales y amarran o como mínimo alquilan embarcaciones de recreo durante su estancia. Teniendo en cuenta que determinadas fuerzas han aprobado recientemente una moratoria para la apertura de nuevos hoteles, han paralizado la apertura de superficies comerciales o ya no digamos la oposición tajante a la ampliación o creación de nuevos puertos, no creo que las buenas palabras con las que se llenan la boca algunos de nuestros dirigentes guarden consonancia con sus actos, ya no digamos con los de organizaciones como las que se han citado al principio del artículo que ven en todo ello poco menos que la encarnación de todos los males habidos y por haber.

Por último, hay que saber qué genera el turismo. Como toda actividad económica, esta genera un impacto, que puede hacerse más evidente en aspectos como un incremento en el consumo de recursos hídricos o aumentar el tráfico rodado. Pero lo hace en muchísima menor medida que el que pueden provocar otras actividades como la agricultura, que requiere de varias veces ese consumo de agua, o la industria, a la que suele ir aparejada una mayor emisión de contaminantes. Puestos en una balanza, los beneficios aparejados a dicha actividad sobrepasan con creces a las desventajas, y la mejor prueba de ello es ver como en Baleares el impacto de la crisis económica que siguió a la explosión de la burbuja crediticia se puso sobrellevar con más facilidad y que además se pudo salir antes de la misma.

Hacemos mal en no castigar de forma más rotunda estos actos de “turismofobia” que han acaecido en los últimos días, pero hacemos peor si creemos que estas fuerzas están en disposición de enseñarnos algo sobre cómo gestionarlo y nos dejamos influir por las mismas. Al fin y al cabo, el turismo genera empleos, prosperidad y apertura mental en forma de nuevas ideas y conocimientos, un cóctel casi explosivo para estas organizaciones radicales puesto que es un ámbito en el que no pueden conseguir adeptos a su causa.

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Publicado en Opinión.

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